Durante el sábado pasado, mientras se disputaba el partido Atlas vs Guadalajara, clásico del fútbol  tapatío, un presunto grupo de barristas del club Guadalajara iniciaron una pelea contra policías a cargo de la seguridad del estadio Jalisco. Las imágenes son realmente crudas y reavivan una vieja discusión: ¿Cuál debe ser el papel de los directivos ante la violencia en los estadios?¿Cuanta culpa de esta violencia es de las barras?¿Qué medidas deben tomarse?

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Las barras no son el origen único de la violencia que es refleja en los estadios de fútbol entre otros muchos espacios del país. Los grupos de animación han potenciado en algunos casos este comportamiento nefasto y antisocial, pero finalmente se trata de grupos de ciudadanos que se reúnen para realizar actividades como ir al estadio juntos y viajar de una sede a otra, lo cuál no es ilegal. Pensar en desaparecer estos grupos contraviene muchas libertades individuales. No se deben tomar decisiones a la ligera en este caso.

Este caso, el de esta semana, no es un hecho aislado. Hemos visto solo en esta temporada como estos organismos promueven la violencia irracional y el racismo. Las barras no tienen un verdadero objetivo social como los colectivos o los organismos ciudadanos. Son en realidad algo más cercanos a pandillas donde se dota de una identidad gratuita a sus miembros. Defender esta identidad cuando es la única que se tiene provoca violencia y eso ya lo hemos corroborado. ¿Que se espera para etiquetar a estos grupos como criminales?¿A que haya muertos? bueno, no creo que falte mucho tiempo para que acabe así.  

Es cierto que los hechos son alarmantes. De hecho, lo que los agresores de los policías han hecho ya ha provocado la acción de los órganos de justicia del estado de Jalisco. Pero no nos confundamos, lo que esta mal es ser violentos, no reunirse para demostrar una identidad particular (artificial, si se desea llamársela así). Las barras deben ser vigiladas como son vigilados todos los ciudadanos del país, sin excepción ni discriminación.

Sin ignorar el riesgo de discriminación que pueden sufrir los aficionados al fútbol, el papel de los organismos a cargo del fútbol en México debe ser preponderantemente garantizar la seguridad de los asistentes a los estadios. Se han hecho oídos sordos a las peticiones para distanciar a los clubes de los “grupos de animación”. Aún se les regala boletos, aún se les otorgan privilegios al entrar a los estadios, aún tienen reservados lugares especiales al jugar de locales. Me parece bien que de entrada todos estos privilegios se eliminen y que tengan que entrar a los partidos como cualquier otro aficionado.

Es sensato marcar una sana distancia de una organización con los grupos de aficionados, pero adoptar medidas que solo responden al momento periodístico de la semana no es correcto. Vemos ahora que se ha reavivado la propuesta de una ley antibarras en la cámara de diputados. Legislar al vapor solo puede acabar en la redacción de leyes que pierden contexto y razón de ser de inmediato. Más que apostar a la inmediatez debe trabajarse en una manera de atacar la violencia como un fenómeno multidimensional que responde a carencias económicas, educativas y sociales, no solo al calor de un marcador de fútbol.

La violencia es un fenómeno complejísimo que debe ser atendido con responsabilidad. Por ello no debemos quedarnos en la inmovilidad, en la indiferencia. Proteger a los estadios, que son lugares públicos, de la violencia es urgente. Debe aplicarse un criterio distinto a los violentos que usan el “anonimato” del que les dota el estar dentro de un grupo masivo y procurar que las personas que se encarguen de hacer respetar la ley en estas situaciones tengan una capacitación adecuada a estas situaciones, un conocimiento de procedimientos judiciales y los medios para proteger su vida.