Un personaje muy entrañable para todos los latinoamericanos es y será Gabriel García Márquez, fallecido el día de hoy en la capital mexicana. Ganador del premio Nobel de literatura de 1982, su carrera literaria fue posiblemente la que mejor encarna el boom de la literatura latinoamericana que inventó el realismo mágico. Su obra tiene un valor que es reconocido casi por unanimidad. Esta contribución no pretende polemizar la calidad de su obra, sino el vínculo que establecen sus lectores o admiradores con él. A veces se le llama “Gabo” , un personaje familiar, platónico que nos conoce y nos platica historias, al cual le lloraremos su muerte como si fuera un tío bonachón y alegre ¿Debemos idealizar a los autores de obras que nos cautivan?¿La admiración hacia un personaje como García Márquez no nos impide una apreciación más limpia y clara de su obra?¿Criticar esta idealización no es una postura académica fácil?¿Se vale cuestionar nuestro derecho a colocar a Gabo en un plano más cercano que el de simple escritor desconocido?

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García Márquez pidió en 1976 al fotógrafo Rodrigo Moya tomar una imagen del ojo para tener registro de la agresión de Vargas Llosa (EFE/Archivo). (tomada de CNN México)

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Gabo es nuestro tanto como es de sus familiares o conocidos. Nosotros somos sus conocidos y amigos, él nos contó las historias de su ciudad y de su familia, también la de sus amores frustrados y de como se fue haciendo viejo y senil. El nos abrió las puertas de su casa, de la casa en su cabeza. Se propuso también a informar a su manera. Y si no fue así entonces fui yo quien creé mi propio Gabo, quién me leyó una historia brusca en dos momentos distintos de mi vida dándome dos lecciones de vida que no se parecen. Si yo inventé a este personaje tengo todo el derecho de llamarlo Gabo, o Gaby, o José de la Concordia si me da la puta gana.

El personaje que has creado es sin duda tu “Gabo”, y no se puede pretender quitartelo de tu imaginario. Pero tu “Gabo” no es el mismo que ha escrito con más dificultades sus obras después de 1982. No es el mismo que es periodista y por lo tanto un expositor fundamentalmente parcial de la realidad. Confundir ambos personajes te nubla la mente y te hace odiar a Mario Vargas Llosa, ese “celoso autor derechista” que le dio un puñetazo a tu “tío Gabo”. Pensar así es poner barreras a tu experiencia artística.

Las obras de Vargas Llosa son grandes sin duda y las leo con el gusto que se lee a un gran autor que escribe en tu lengua materna. Es cierto, sería absurdo dejar de leer su obra por que no nos genera simpatía realmente. Sin embargo nuestra experiencia diaria nos acerca también con él. La posible antipatía que nos pueda generar nos crea una duda razonable acerca de su obra, y en muchos casos es así como la gente finalmente lo lee. Generar ideas platónicas de los autores (positivas o negativas) no necesariamente nos alega de su obra. En cuanto a la parcialidad, esto del lector enteramente. Además¿Se puede pretender abordar una obra literaria sin la parcialidad de nuestra propia personalidad?

La parcialidad que describes es ciertamente inevitable y quizás hasta sana, pues así, una sola creación puede ser múltiples obras de arte. Pero la crítica es hacia el fanatismo literario. Es contraproducente ser fan de un escritor, pues tendemos a creer que toda crítica a éste y su obra es una crítica hacia nosotros. El asumir una familiaridad ficticia con alguien que no conocemos esta muy cerca del fanatismo.

Hablas de los fanáticos admiradores como si fuésemos a colocar bombas en la Real Academia de la Lengua. Y no, ciertamente no se esta cerca del fanatismo necesariamente al decirle Gabo a Gabo. Pero entiendo el punto que se defiende con tus argumentos; la frialdad del método para abordar cualquier evento, aunque se trate de arte. Sin embargo, el análisis pretenciosamente escrupuloso que asumes no es más que una postura válida dentro del universo de posturas válidas. Así que no me jodas.

No existe tal método, ni se trata de establecer una jerarquía en la forma de apreciar el arte. Los argumentos anteriores buscan describir lo que ocurre al confundir una imagen propia con un personaje real. Tu puedes seguir llamando como te venga en gana a todos tus desconocidos, pero eso generará una experiencia distinta en tu apreciación y eso debe aclararse.